Él, apoyado en la verja del colegio, vio salir corriendo a su chiquitina. Llevaba una preciosa taza que había decorado con la huella de sus manitas alrededor, y en letras grandes ponía: "Al mejor padre del mundo". Se arrodilló y abrazó a su pequeña, que, perpleja, preguntó: "¿No te gusta, papi?"
—Sí que me gusta, mi amor —dijo con una sonrisa melancólica, cogiendo aquella adorable taza con una mano y aupando a su preciosa hijita con su otro brazo. Se fueron a dar un largo paseo por el parque, donde la chiquilla se montó en un columpio. Para alegría de ella, su padre era un príncipe y la empujaba con cuidado. Ella le decía: "¡Más alto, papi! ¡Más alto!".
Mientras el sol se ponía, el padre se sentó en el columpio, sosteniendo la taza con cariño. La niña, con una risa contagiosa, seguía pidiendo más altura. En ese momento, comprendió que su amor perduraría siempre. Con cada empujón, sanaba un poco más su corazón roto, abrazando el presente.
M. D. Álvarez
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