Su aspecto por la noche le daba un aire de misterio, y si recibía los rayos de la plateada Selene, era mucho más interesante. Su bien cuidado traje y sus modos respetuosos le conferían un aire príncipesco, pero todo cambiaba al ver a la bella Selene; lo hechizaba, y su animal interior surgía de improviso, conservando su buena educación y respeto por las bellas criaturas que, sorprendidas por las habilidades del apuesto licántropo, se deshacían en halagos y mimos, dispensando caricias al calmado licántropo que solo tenía ojos para una de aquellas deliciosas jovencitas que lo miraba de una forma que parecía querer arrancarle aquel bien cuidado traje y hacerlo suyo allí mismo.
Dicha jovencita iba vestida para tal ocasión; era la reina del baile y su enamorado licántropo la colmaba de atenciones. Lástima que tan solo se pudieran amar en un día como aquel.
Ah, que no os he dicho en qué día ocurrió este encuentro, pues fue en el día de Don Carnal, fecha muy apropiada para desatar los deseos más carnales de todas las criaturas, tanto celestiales como oscuras.
M. D. Álvarez
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