—¿Qué has visto por ahí arriba, mi fiel Albaz?— preguntó este, observando con aquellos ojos negros.—Tienes razón, tú no hablas —dijo él, el emir, dándole un trozo de conejo a su fiel Albaz, quien lo recibió con satisfacción. En aquel preciso momento, el emir se encontraba frente a la fortaleza de Balansiya, ciudad bastión del reino de Balansiya.
Las puertas se abrieron y el azor alzó de nuevo el vuelo, sobrevolando las callejuelas hasta llegar al gran castillo de Cullera, que se alzaba majestuoso sobre la ciudad de Balansiya. El pequeño azor voló hasta lo alto, donde enarbolaban los pendones de su señor, el gran rey de la taifa de Balansiya, Zayyán ibn Mardanish, bajo cuyo mandato la muy noble ciudad de Balansiya sería rendida al rey Jaime I en la batalla del Puig, donde sus tropas serían derrotadas.
Tras la derrota de sus tropas, el rey regresó a Balansiya, donde se refugió. La ciudad fue sometida a un brutal asedio de cinco meses, tras los cuales se reunieron Jaime I, su esposa Violante de Hungría y, por parte de Zayyán, su sobrino Abu-L-Hamlek. Para certificar la aceptación de las condiciones, debía ondear la bandera del rey aragonés en la torre de Ali Bufat. Según cuentan las crónicas, cuando eso sucedió, el rey bajó del caballo y, llorando, besó la tierra que lo vio nacer y fue feliz.
Las últimas palabras del rey fueron para su querido azor.
—Vuela, mi buen Albaz, lleva la noticia a las alejadas tierras de mi amado reino sobre la pérdida de la muy noble y recia ciudad de Balansiya. Con ella cae la taifa de Balansiya, y con ello, mi honor."
El pequeño azor voló sobre los otrora territorios de Al-Ándalus y cruzó el estrecho hasta las tierras rojizas del Sahara.
M. D. Álvarez
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