Aquella noche fue deliciosa y placentera para los dos. A la mañana siguiente, el sol se filtraba por las cortinas, iluminando suavemente la habitación. Él despertó primero, observándola mientras dormía. Su rostro reflejaba paz y serenidad, y no pudo evitar sonreír al recordar la noche anterior.
Con cuidado, se levantó para no despertarla y fue a la cocina a preparar el desayuno.
Mientras el aroma del café llenaba el aire, ella se despertó, sintiendo la calidez de los primeros rayos del sol en su piel. Al abrir los ojos, lo vio entrar con una bandeja llena de sus cosas favoritas: tostadas, frutas frescas y una taza de café humeante.
—Buenos días, mi amor —dijo él, colocando la bandeja sobre la cama—. Espero que hayas dormido bien.
Ella sonrió, sintiendo una oleada de amor y gratitud.
—Buenos días —respondió, tomando la tostada—. Todo esto es maravilloso. Gracias por cuidarme tanto.
Él se sentó a su lado, sujetando su mano con suavidad.
—Siempre lo haré. Eres mi todo.
Pasaron la mañana juntos, disfrutando del desayuno y de la compañía mutua. Hablaron de sus sueños y planes, riendo y compartiendo momentos de complicidad. La conexión entre ellos se hacía más fuerte con cada palabra, con cada mirada.
M. D. Álvarez
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