Los dueños, una pareja de ancianitos, lo trataban con ternura, lo alimentaban, lo bañaban y lo sacaban a pasear todos los días. Era una auténtica ricura, con sus arrugas y sus lindos ojillos; era la comidilla del barrio.
Es verdad que llevaban algunos días sin verlos, pero estarían de vacaciones, o eso creían. Al oír día sí y noche también al cachorrito ladrar y aullar, llamaron a la policía, que, cuando entró en la vivienda, se encontró con los cuerpos de los ancianos tendidos en la cama sin vida y al tierno cachorrito de Shar Pei gruñendo a los policías que trataban de llevarse a sus dueños.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario