Relatos

jueves, 16 de enero de 2025

Noche de insomnio.

No conseguía dormir bien; la necesitaba a su lado. Con ella acurrucada a su lado, lograba dormir de un tirón. Las noches eran implacables. La oscuridad se cerraba alrededor de él, como un abrazo frío y solitario. Las sábanas parecían enredarse en sus pensamientos, y el reloj en la mesita de noche marcaba las horas con crueldad. Pero había una solución, una cura para su insomnio: ella.

Ella era su refugio, su ancla en un mundo turbulento. Cuando la tenía a su lado, todo cobraba sentido. Su piel suave y cálida contra la suya, su respiración tranquila y regular. Se acurrucaban juntos, compartiendo secretos en la penumbra. Hablaban de sueños y miedos, de esperanzas y deseos. Y, poco a poco, el insomnio se desvanecía.

Ella era su medicina, su bálsamo. La única que podía calmar su mente inquieta. A veces, la observaba mientras dormía, maravillado por su belleza serena. ¿Cómo podía alguien ser tan perfecto? Se preguntaba si ella también luchaba contra los demonios de la noche, si también necesitaba su presencia para encontrar la paz.

Y así, noche tras noche, se aferraba a ella. La abrazaba con fuerza, como si pudiera fusionarse con su ser. Y, como por arte de magia, el sueño llegaba. No había pesadillas, no había pensamientos oscuros. Solo él y ella, en un mundo aparte, donde el tiempo se detenía y todo estaba bien.

Quizás era egoísta, pero no podía evitarlo. La necesitaba. Sin ella, las noches eran un abismo sin fin. Pero cuando ella estaba allí, todo estaba bien. Y así, se prometió a sí mismo que nunca la dejaría ir. Porque ella era su remedio, su salvación. Y mientras la tuviera a su lado, podría enfrentar cualquier noche, cualquier tormenta.

M. D. Álvarez 

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