Mi nacimiento fue salvaje y abrupto porque no se esperaba; fue desgarrador y aterrador para ella, pero en cuanto me vio, me amó y alimentó de sus cálidos pechos.
Bajo sus amorosos brazos, fui creciendo en poder y fortaleza. Mi edad era indeterminada y mi físico de unos 35 años, en la flor de la vida. Un día, me alejé de su luz y todo era oscuro y frío.
Decidí hacer un mundo hermoso y cálido para ella. Hice estallar en millones de millones de luminarias a su alrededor la siempre triste y horrenda penumbra que la rodeaba. Desapareció, dando paso a mundos de luz y color; su amorosa expresión se iluminó de tal forma que ni un millón de soles se le igualaban..
Soy hijo de la luz; nada me domina, salvo el amor y devoción por ella. Sin ella no habría dado comienzo al génesis.
M. D. Álvarez
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