Las malas lenguas decían de él que su madre era una humana que compartía su lecho con cualquiera, incluso con criaturas de la noche, dando a entender que él era un ser inferior. Su madre hacía oídos sordos a las habladurías y le decía que su padre era un precioso lobo dorado con el cual yació en varias ocasiones; jamás la forzó, ella consintió en compartir su lecho con él.
Lo amaba por su porte noble y su sentido de la protección; siempre la defendía. Ahora él, un lindo cachorro entre humano y lobo, debía protegerla. Un día, mientras cazaba para su madre, vio a una preciosa doncella que lo observaba con ojos lividinosos y lujuriosos; le mostró su sexo.
Él era un lobo joven y no sentía deseos, pues no había llegado a su edad adulta. Le dijo a la doncella: "No me tientes, pues aún no tengo deseos carnales. Si los tuviera, haría tiempo que te hubiera desflorado. Dame un par de años y vuelve a tentarme. Si me gusta lo que veo y tu olor me cautiva, te poseeré y tomaré tu virginidad como tributo a mí".
Ella, sorprendida, se cubrió ruborizándose y le dijo: "Noble lobo, esperaré hasta que te hagas un lobo grande y fuerte, y te ofreceré mi sexo y mi virginidad".
Continuará...
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario