Pero yo lo intuía; cuando crecí, me propuse encontrar al dueño o dueña de tan dantesca mirada. Una noche de luna llena, después de mi primera transformación, sentí que me observaban y me giré.
Allí estaban aquellos perniciosos ojos de color violeta, pero no distinguía su cuerpo hasta que la luz de la luna iluminó el claro. Era una criatura especialmente hermosa; sus facciones cálidas no mostraban la fiereza de sus ojos.
Su cuerpo sugerente parecía presto a atacarme, pero parecía contenerse. En un abrir y cerrar de ojos, desapareció en el espeso bosque.
Salí veloz tras ella; me debía una explicación porque me había privado de mis padres y dejado que creciera solo y aislado. Si no obtenía respuesta, la mataría por el dolor causado a mis padres.
M. D. Álvarez
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