Aquel tenue crujir me erizaba el pelo de la nuca, era como si algo o alguien me siguiera, pero no podía ver ni a tres palmos de mis narices, aunque sentía el leve roce de unas manos cálidas y suaves que me adentraban aún más en la espesa niebla.
De pronto oí como un susurro que me llamaba y una voz sensual que me atraía. "Ven conmigo y te haré inmortal", me dijo al oído. Inmediatamente me giré y la vi: era una preciosa criatura de ojos ambarinos y seductora sonrisa.
Ella me tendía la mano y yo acepté, la seguí hasta el centro mismo de donde fluía la niebla; allí sus cautivadores ojos me sometieron, haciendo que me arrodillara y ofreciera mi cuello. Ella ávidamente mordió mi yugular y me convirtió en una criatura de la noche que no podría disfrutar de los cálidos rayos del sol, pero que disfrutaría de la vida eterna para satisfacer mi sed de sangre.
M. D. Álvarez
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