Él vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas y bosques. Era un apasionado de los juegos de canicas. Pasaba horas en el parque, desafiando a sus amigos y rivales a partidas emocionantes.
Un día, mientras exploraba el bosque, encontró una canica diferente a todas las demás. Era de un color azul intenso y tenía un brillo especial. Cuando la tomó en sus manos, sintió una extraña energía recorriendo su cuerpo. Desde ese momento, todo cambió para él.
Él llevaba su canica mágica a todas partes. La mostraba con orgullo a sus amigos, pero nadie parecía entender su poder. Hasta que un día, durante una partida en el parque, algo increíble sucedió. Estaba a punto de perder contra un amigo, cuando la canica mágica se movió sola. Se deslizó por el suelo y se coló en el txoko, el agujero central del círculo de juego. ganó la partida y dejó a todos boquiabiertos.
A partir de entonces, Martín se convirtió en el campeón indiscutible de las canicas. Sus amigos lo miraban con asombro y envidia. Intentaron copiar su técnica, pero nada funcionaba. La canica mágica solo le obedecía a él.
Con el tiempo, descubrió más secretos sobre su canica. Si la sostenía con fuerza y cerraba los ojos, podía ver imágenes de lugares lejanos y aventuras emocionantes. La canica parecía estar conectada a un mundo invisible y misterioso.
Pero la fama y el poder también tenían su precio. se volvió solitario y obsesionado. Pasaba horas practicando, perfeccionando su técnica y explorando los límites de la canica mágica. Dejó de jugar con sus amigos y se alejó de su familia.
Un día, cuando estaba a punto de ganar el torneo anual de canicas, la canica mágica desapareció. Nadie supo qué sucedió, buscó por todas partes, pero nunca la encontró. Sin su amuleto, perdió su habilidad sobrenatural y volvió a ser un niño común y corriente.
Pero nunca olvidó la lección que la canica mágica le enseñó. A veces, el verdadero poder no está en los objetos, sino en nosotros mismos y en las conexiones que creamos con los demás.
M. D. Álvarez
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