Relatos

domingo, 8 de diciembre de 2024

El porche victoriano.

Hacía tiempo que nadie metía mano a aquel césped tan salvaje en el que crecían gigantescas malas hierbas y zarzas que te herían con tan solo mirarlas. Ya iba siendo hora de que me pusiera manos a la obra. Cogí el gran cortacésped y comencé con aquel gran jardín al que nadie hacía caso.

Primero utilicé unas podaderas de mano para las resistentes zarzas. Cuando terminé con las enormes zarzas, me puse con las malas hierbas con el cortacésped. 

Cuando terminé, vi un precioso porche victoriano con un hermoso balancín, donde posiblemente la dueña recibiría a su amado pretendiente. Era una hermosa casita de una sola planta. No era mi cometido, pero me dispuse a arreglar aquel precioso porche y la casa. La casa tenía una historia que contar y yo la ayudaría a mostrar todo su esplendor..

Primeramente, comencé lijando la madera de las hermosas columnas grecorromanas que eran de madera de caoba. Después, lijé el suelo que era de madera de cedro del Líbano. Cuando terminé de lijar toda la casa, le apliqué un producto sellador y la barnicé con un barniz especial de poliuretano. 

Dejando impoluto y con un precioso tono caoba el porche, y la casa la pinté de tonos pastel. El balancín quedó espectacular, volviendo a su antiguo esplendor cuando la dueña dormía plácidamente la siesta, esperando a su don Juan. Cuál manso amante la besa dulcemente para no importunar su siesta.

Aquella hermosa casa había vivido buenos tiempos albergando a parejas que se declaraban su amor en aquel bello porche, sentados en el balancín. 

Allí se declararon amor eterno mis abuelos y después mis padres, ahora me tocaba a mí, pero eso no hubiera ocurrido si no hubiera hecho el desbroce del jardín que ocultaba tan hermosa casa.

M. D. Álvarez

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