Su mejor amigo era un especialista en localizar los mejores cantos rodados. Le hacía falta encontrar el mejor canto rodado, lo necesitaba para abatir a aquel monstruoso cíclope que amenazaba a su compañera.
Lo localizó y lo lanzó contra el único ojo de aquel salvaje cíclope, que cayó de espaldas, cosa que aprovechó nuestro héroe para ensartarlo con su espada.
Salieron corriendo los dos, pues una horda de enfurecidos los perseguía con ánimos poco amigables. La resguardó en una pequeña gruta y se dispuso a pelear con sus propias manos si hacía falta. Recurrió a su poder ancestral que lo transformaba en un imponente hombre lobo que dio buena cuenta de todos los cíclopes que se acercaban con aviesas intenciones. Había cubierto la entrada de la gruta con una gran laja.
El último cíclope era apabullante, pero él no se arredró, lo embistió salvajemente y lo derribó, destrozándole la yugular de una terrible dentellada.
Agotado y sin más enemigos a quienes abatir, se fue a tenderse delante de la losa que había depositado ante la entrada. Ella seguía estando segura en aquella cueva.
Cuando el licántropo volvió a su ser, él hizo gala de una fortaleza extraordinaria desplazando la gran losa que había depositado en la entrada.
Ella había sufrido oyendo los alaridos de los cíclopes y los gruñidos del gran hombre lobo. No sabía quién había ganado hasta que la losa fue retirada y apareció él. Corrió a su encuentro, lo miró de arriba a abajo para cerciorarse de que no estaba herido.
M. D. Álvarez
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