Relatos

miércoles, 4 de diciembre de 2024

El faro.

Aquella penumbra no era normal, y menos si había amanecido hacía 3 horas. Las criaturas de la noche lo percibieron y se lanzaron en tromba hacia la ciudad. Tenía que hacer algo si quería salvarla. 

Recordé lo que me dijo mi abuelo: "Si te encuentras acechado y perdido en la oscuridad, recuerda que no hay mejor antídoto para la oscuridad que la luz". 

Y la única luz lo suficientemente poderosa para resquebrajar las tinieblas era la luz de un gran faro. Qué suerte teníamos, ya que en la bahía, sobre unos gigantescos acantilados, se encontraba el faro de mayor altura del mundo: 133 metros de altura, más la altura de los acantilados, lo hacía idóneo para espantar a las terroríficas y desalmadas criaturas de la noche. 

Corrí en dirección al faro, subí por su empinada escalera y prendí la luz. De pronto, dos haces de luz surcaron el cielo, girando y girando. Las aberrantes criaturas se detuvieron en seco y se giraron en mi dirección, lanzando miles de criaturas contra el majestuoso faro, pero no me iba a rendir. Peleé con todas mis fuerzas; tenía que evitar que atacaran la ciudad.  

No recuerdo cuánto duró el combate; se recrudeció cuando notaron que mis fuerzas flaqueaban, pero ni mucho menos yo era la última esperanza. Dejé que me rodearan y, cuando estaban todos rodeándome, utilicé mi luz interior, una luz que me destruiría, pero también a todas las criaturas nocturnas. Por un momento, la ciudad percibió un fulgor como de mil soles y, después, la penumbra desapareció.  

M. D. Álvarez

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