"Hijo, si la quieres de verdad, deberías decírselo", le dijo con tranquilidad.
"Tienes razón, pero me intimida su forma de mirarme". "Eso es que la quieres".
Un día, mientras él paseaba por el majestuoso jardín, se cruzó con ella.
"Mi señor, ¿qué os aflige? Llevo un tiempo observándoos y parecéis apesadumbrado", le preguntó ella al ver que él agachaba la cabeza.
"No sé cómo decirte esto...", comenzó a decirle. "No sigáis, yo también siento lo mismo por vos", respondió ella, besándole tiernamente.
"Me harías inmensamente feliz si quisieras ser mi esposa", dijo él, hincando la rodilla y ofreciéndole un precioso anillo, el mismo que su padre le ofreció a su madre.
Ella se agachó y lo besó con pasión, y le respondió: "Siempre lo he deseado, mi rey. Me haces muy dichosa.
M. D. Álvarez
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