El cuanto la vio frente a él no pudo resistirse a sus encantos y fue hacia ella .
Con una sonrisa de suficiencia, ella se dirigió a él: "¿Puedo ofrecerte algo de beber, galán?". Él, aún cautivado por sus ojos, aceptó con un gesto de cabeza. Mientras esperaban sus bebidas, la conversación fluía con naturalidad. Descubrieron que compartían pasiones por la música, la literatura y el arte.
La pista de baile los llamaba de nuevo. Bailaron juntos, olvidándose del mundo que los rodeaba. Sus cuerpos se movían al unísono, como si llevaran bailando toda la vida. La conexión era palpable, electrizante.
Al final de la noche, intercambiaron números de teléfono. Se despidieron con una promesa: volver a verse pronto.
Caminando a casa, él no podía dejar de pensar en ella. Era la mujer de sus sueños, la que había estado buscando toda su vida.
M. D. Álvarez
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