Aquel día, él era especialmente tierno con ella, lo que se dice un tierno corderito, pero algo le llamó la atención: su oído hiperdesarrollado captó una señal de auxilio; al parecer, unos vándalos trataban de abusar de una encantadora señorita.
"¿Me disculpas un momento?" le dijo suavemente. Y salió disparado hacia el lugar de los hechos.
Su cuerpo había empezado a experimentar unos cambios morfológicos: sus manos se habían convertido en aterradoras garras, sus piernas eran auténticos resortes musculados, su torso espectacular y su rostro del más puro furor lobuno.
Pobres incautos no sabían lo que se les venía encima: una fiera de más de 200 kilos de puro músculo y casi dos metros de altura que no atendía a razones, sino a hechos.
Lo que aquellos salvajes estaban a punto de hacer no estaba bien; no se lo consentiría. Alejó a la jovencita y se encaró con aquellos vellacos que, por lo visto, no sabían que tenían que salir corriendo en cuanto lo vieron aparecer.
Me ahorraré las escenas gore y os diré que no dejó ni uno con vida. Una vez resuelto el conflicto, volvió junto a su amada, quien había tejido una guirnalda de flores que colocó alrededor de la adorada cabeza de su manso corderito.
M. D. Álvarez
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