Relatos

martes, 3 de febrero de 2026

De cordero a lobo.

De por sí, era de buen carácter; si se sabía cómo tratarlo, era tierno y dulce. Pero si veía algo que no estaba bien, entonces será mejor que corráis, pues también tiene su lado salvaje. Y creedme cuando os digo que es mejor quitarse de en medio si no queréis salir mal parados.

Aquel día, él era especialmente tierno con ella, lo que se dice un tierno corderito, pero algo le llamó la atención: su oído hiperdesarrollado captó una señal de auxilio; al parecer, unos vándalos trataban de abusar de una encantadora señorita.

"¿Me disculpas un momento?" le dijo suavemente. Y salió disparado hacia el lugar de los hechos. 

Su cuerpo había empezado a experimentar unos cambios morfológicos: sus manos se habían convertido en aterradoras garras, sus piernas eran auténticos resortes musculados, su torso espectacular y su rostro del más puro furor lobuno. 

Pobres incautos no sabían lo que se les venía encima: una fiera de más de 200 kilos de puro músculo y casi dos metros de altura que no atendía a razones, sino a hechos. 

Lo que aquellos salvajes estaban a punto de hacer no estaba bien; no se lo consentiría. Alejó a la jovencita y se encaró con aquellos vellacos que, por lo visto, no sabían que tenían que salir corriendo en cuanto lo vieron aparecer. 

Me ahorraré las escenas gore y os diré que no dejó ni uno con vida. Una vez resuelto el conflicto, volvió junto a su amada, quien había tejido una guirnalda de flores que colocó alrededor de la adorada cabeza de su manso corderito.

M. D. Álvarez 

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