William no notaba mejoría, pero la veía tan esperanzada que no dijo nada. No quería que se preocupara, aunque estaba seguro de que lo oía levantarse e ir al baño a vomitar. Le había prohibido levantarse en su estado; no le convenían los sustos, y estaba vomitando sangre.
Al día siguiente, el rostro del médico lo decía todo: no había mejoría, mi cuerpo se debilitaba cada día más. Angie se desesperó; lo necesitaba ahora que estaba en camino un bebé. Sabía la ilusión que le hacía, así que optamos por un tratamiento drástico.
El doctor le hizo firmar un montón de legajos que no comprendía, pero por ella estaba dispuesto a cruzar el infierno si fuera necesario.
M. D. Álvarez
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