Ella lo buscó; sabía que algo malo le había ocurrido al no aparecer en todo el día. Lo encontró en su fragua; había extraído la daga y cauterizado la herida, pero había perdido el conocimiento y se encontraba tirado en el centro de su forja. Ella supo al momento que había ocurrido al ver su daga ensangrentada en el yunque.
Se arrodilló a su lado, comprobó que respiraba, colocó su cabeza sobre su regazo y esperó a que él abriera los ojos. Cuando lo hizo y vio su mirada de preocupación, no hizo falta que dijera nada; ella lo era todo para él. Por más que ella perdiera el control, él no dejaría de protegerla, aún a costa de su vida.
Sus ataques de furor se producían cada vez que ella estaba deseosa de sus besos, sus caricias y sus mimos. Él se esperaba en hacerla feliz de todas las formas posibles, tratando de contener sus arrebatos de furor sexual en los que perdía el control.
"Estoy bien, mi vida", dijo al ver su mirada de desasosiego. "Ha sido un accidente".
Ella sospechaba que algo le había ocurrido, pero no quería preocuparla. Lo ayudó a levantarse y a sentarse, limpió la herida de su pecho y no se atrevió a preguntarle si había sido ella la causante de aquella herida.
M. D. Álvarez
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