El odre de las esperanzas estaba casi agotado. Con su último aliento, su madre se lo entregó con la misiva de no abrirlo si no era estrictamente necesario.
Pero su gran pérdida lo sumió en una vorágine de pensamientos oscuros y aterradores que se fueron colando en las auras de los que debía proteger. Si la memoria de su madre no le hubiera despertado de aquellos pensamientos tan aterradores, no sé qué hubiera sido de aquellas diminutas auras a las que todavía no se les había concedido un ser con el que habitar.
Se dio cuenta de que sus ensueños estaban destrozando el legado de su adorada madre y se las ingenió para cambiar su actitud. No abriría el ofrecimiento hasta que llegara el momento idóneo, y si en vida no había necesidad, se lo legaría a su futuro retoño, el que adversaría una de aquellas adorables auras que habían recobrado sus atornasoladas iridiscencias.
Su amada esposa llevaba en su delicado vientre la esperanza de un mundo mejor: ella o él llenarían de nuevo el gran odre que un día casi se vació, pero que, con su estirpe, fue recuperado.
Con cada día que pasaba, el brillo del futuro se hacía más intenso. El fulgor que emanaba de su adorada esposa era semejante al amor que él sentía cada día al observarla con ternura mientras acariciaba su dulce vientre.
Ya faltaba poco para que a su amado bebé le fuera concedida una de aquellas encantadoras e iridiscentes auras que convivirían con el pequeño hasta el final de sus días.
Su antecesora, la muy ilustre Pandora, tuvo el error de abrir el gran odre, dejando escapar casi todos los dones que los hados debían otorgar a los mortales cuando llegara el momento. Pero se dio cuenta de que todavía no habíamos alcanzado todo nuestro potencial y tuvo el valor de cerrar de nuevo el gran odre con la suficiente cantidad de dones que serían necesarios para la siguiente evolución.
M. D. Álvarez
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