Aquel lobo se debatía entre la madurez y la juventud. De cachorrito, fue una ternurita; sus grandes ojos azules lo hacían adorable. Por eso, el cazador que mató por accidente a su madre lo adoptó y se lo llevó a su casa. Su hija pequeña lo adoraba y le hacía cosquillas; ella lo alimentaba con biberones de leche. Ella tenía 5 años y el cachorrito apenas 1 mes.
Cuando creció, se hizo grande y fuerte, pero solo permitía que ella lo alimentara. Se los veía contentos a los dos, retozando y corriendo sin ningún miedo. El lobo la protegía y ella le daba de comer de su mano. Conservaba sus vivarachos ojos azules que, cuando estaba junto a ella, brillaban con un fulgor especial.
Un día, mientras jugaban en el bosque, la joven tropezó y cayó. El lobo, con su instinto protector, se colocó a su lado, gruñendo suavemente para calmarla. Ella lo abrazó, sintiendo su calor y seguridad. Apoyada en su lomo, logró llegar a su casa, donde su guardián siguió velando por la seguridad de su dueña.
M. D.Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario