Su inefable dualidad le daba dos posibilidades: renacer o extinguirse.
No recordaba cuánto tiempo llevaba bajando por el cosmos en busca de quién sabe qué; solo él conocía los parámetros de su creación.
Él dominaba la materia con la que se crean los mundos, pero ahora estaba inquieto; era susceptible a la manipulación. Tenía que seguir buscando algo que todavía le era vedado.
Tras eones de búsqueda, vio un destello en un planeta lejano. Fuera de su camino, se dirigió a investigar y vio una espectacular criatura que inflamó su ya de por sí aguerrido corazón; había logrado encontrar su mitad, sin la cual nadie se sentía completo.
Ella lo haría querer renacer una y otra vez para amarla, ya que su sino era encontrarse siempre.
Los que lo crearon así lo habían dispuesto: renacer una y otra vez, al igual que el universo que habitan las dos criaturas creadas de la sangre y materia estelar que los creadores aglutinaron en los seres más perfectos de su creación.
Pero debían darle un acicate; tenían que dotarle de un instinto de búsqueda; debía hallar algo que llenara aquel vacío que atormentaba su existencia.
M. D. Álvarez
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