—No me hagáis salir, que me conozco —rió él, abriendo la puerta. Los pilló sonriendo.
—No os reiréis tanto cuando os dé una lección —dijo él, localizando el frasco en manos de uno de ellos. Envuelto en la toalla, se lanzó a por el pobre que no pudo esquivar su abrazo de oso.
—Está bien, está bien, toma tu frasco y termina de afeitarte que ya vas tarde.
Agarró el frasco y se perfumó. Después de terminar de afeitarse, se puso su mejor traje con chaleco a juego.
—A ver qué os parece, estoy bien —preguntó él a sus amigos.
—¡Woow! Estás hecho un pincel, eres una belleza —le dijeron sus amigos—. Ahora ve a por ella y no la dejes escapar —le dijeron sus amigos.
Él cogió su coche y fue a recogerla. Ella se quedó extasiada; nunca lo había visto tan guapo.
Se bajo del.coche y le abrió la puerta. ¿Dónde vamos? le pregunto sin quitarle la vista de encima
Se bajó del coche y le abrió la puerta. ¿Dónde vamos? le preguntó sin quitarle la vista de encima.
Es una sorpresa, dijo él. Arrancando, condujo durante media hora hasta una cala salvaje que él había descubierto y había preparado una mesa ricamente decorada con el plato favorito de ella.
Le acercó la silla y le sirvió el manjar más delicioso y delicado: sabía que ella adoraba soufflé de pato con un chardonnay de Borgoña.
—Te acordaste, y del vino también. Eres una caja de sorpresas —refirió ella con una amplia sonrisa.
Tras la cena, decidieron dar un paseo por la orilla. La luna iluminaba el mar y las estrellas parpadeaban en el cielo despejado. Él tomó su mano suavemente, y ella sintió un escalofrío de emoción recorrer su cuerpo.
—Gracias por esta noche —dijo ella en voz baja—. Ha sido mágica.
Fue entonces cuando el ambiente se volvió más serio; ambos sabían que estaban en un punto crucial de la noche. Ella se acercó un poco más, y él sintió que su corazón latía con fuerza.
—¿Puedo besarte? —preguntó él, rompiendo el silencio.
Ella asintió lentamente, y cuando sus labios se encontraron, fue como si todo encajara en su lugar. Fue un beso dulce y lleno de promesas; ambos sabían que esta noche era solo el comienzo de algo hermoso.
Tras aquel dulce beso, la llevó a su casa y la acompañó hasta la puerta.
—Buenas noches, dulce Angie —dijo él con ternura.
Ella lo besó cálidamente y después entró.
—Hasta mañana, Romeo.
Él estaba que no cabía en sí de gozo y volvió a su cuartel, donde lo esperaban sus amigos, que con caras expectantes lo miraban.
—Que soy un caballero y no puedo comentar nada —dijo él al ver las caras de sus amigos.
Sabían que era un chico muy especial; había perdido a sus padres cuando tan solo era un niño y había entrado a formar parte de un sistema de protección integral de niños hasta que fue adoptado por un maestro que lo acogió cuando contaba con tan solo cinco años. Después, cuando contaba con 18 años, se enroló en el ejército, donde hizo muy buenos amigos. Estos mismos amigos habían notado su cambio cuando conoció a aquella jovencita; estaba más centrado, más atento, y eso les parecía bien; sabían que necesitaba una pareja. Sabían que aquella relación lo haría feliz y ellos querían que él lo fuera.
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario