En él había un talento natural; su forma de escribir era sorprendente. Con tan solo coger un bolígrafo, algo se apoderaba de él: una fuerza imparable que le hacía escribir sin descanso. Pero aquella vez fue diferente; no estaba escribiendo, sino dibujando. El resultado de los trazos fue una efigie que lo observaba curiosa e inquisitiva.
La efigie parecía cobrar vida con cada trazo. Sus ojos, profundos y misteriosos, parecían seguir cada movimiento del artista. De repente, una brisa suave recorrió la habitación, y el dibujo comenzó a brillar tenuemente. El artista, asombrado, sintió una conexión inexplicable con la figura que había creado, pero, tal y como vino, aquel don se esfumó cuando dejó de ser un niño.
M. D. Álvarez
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