Él llevó una gran manta suave, un saco de dormir y una parka de abrigo. Ella llevó un termo con café caliente y una chaqueta de abrigo.
La llevó a un lugar apartado donde la contaminación lumínica no existiera. Tendió la manta; aquella noche era muy especial para los dos. Las urdidas serían una de las mayores lluvias de estrellas.
Ella se tendió sobre la manta; tiritaba levemente. Él había sido previsor y metió alguna prenda más de abrigo, y le ofreció un forro polar que ella se puso bajo la chaqueta.
La primera no tardó en aparecer, seguida de una avalancha de miradas de estrellas fugaces. Ella adoraba aquellos momentos íntimos y especiales.
Continuará...
M. D. Álvarez
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