Su auténtico delito fue amarla demasiado, con una pasión irrefrenable e indestructible, y ella lo anhelaba todas las noches.
Cuando se ausentaba, ella no lograba conciliar el sueño y deseaba que él la poseyera con ternura y cariño.
Sin él no puede vivir, él lo sabía, y aquella vez no pudo avisarla de que tardaría una semana en volver. Pero lo que no pudo prever es que ella lo cambiara por un veinteañero del tres al cuarto.
Cuando los vio retozar en su cama, supo que aquel solo había sido un desliz, porque en cuanto lo vio, le suplicó perdón, que él era el único al que amaba. Sin su tacto sobre su piel, no se sentía deseada.
Él echó sin contemplaciones al jovencito que, con cara de susto, abandonó la vivienda. La quería demasiado y la perdonó en cuanto la acarició con ternura, besándola plácidamente.
Mientras sus corazones se reconciliaban, ella prometió no volver a buscar en otros lo que solo él podía darle.
Él, con una sonrisa suave, acarició su rostro y dijo:
—Siempre serás mi hogar.
Y así, entre susurros y caricias, reconstruyeron su amor, más fuerte y sincero que antes.
M. D. Álvarez
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