Nadie supo decirle de dónde venía ni a dónde se dirigía; era completamente diferente a las pocas criaturas que habían comenzado a poblar los mundos terrenales. Los etéreos eran sus mundos; deseaba fusionar alguno de ellos, creando un mundo onírico y hermoso donde todo era luz y color. Aquel sería su hogar.
El resto de planetas estaría diseminado por todo el cosmos, creando un orbe que lo aglutinaba todo: tanto los mundos terrenales como los oníricos.
Solo él tenía el control de ambos: uno poblado por seres terrenales, toscos y huraños, y otro por seres que aún no habían nacido.
Para lo cual, nuestro ser, anhelando un deseo, creó a su compañera de una belleza arrebatadora, con la que concibió a los seres más hermosos, etéreos y oníricos que pasaron a poblar los mundos que tan hermoso ser había situado cerca de su hogar, donde, según cuentan las leyendas, sigue amando apasionada y dulcemente a su hermosa dama.
M. D. Álvarez
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