Él la había llevado al tejado, donde se tendieron y observaron las estrellas. Él le señaló una muy chiquitina y le dijo que había venido de aquella minúscula y casi imperceptible puntito de luz.
Ella lo miró sorprendida; sabía que era un joven extraño, pero amable y cortés con ella.
Él siguió hablando de cómo había tenido que abandonar su hogar y viajar por el espacio profundo hasta localizar un mundo semejante al suyo en el que rehacer su vida.
En uno de los muchos mundos en los que percibió vida semejante a la suya, la encontró a ella. Y supo que no tendría que seguir buscando un nuevo hogar; ella sería su hogar.
M. D. Álvarez
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