Aquel diminuto regato era un regalo para aquellas tierras casi yerbas; solo el frescor de sus aguas mantenía un idilio con la escueta ribera.
Tan solo era molestada por aquellos seres de dos patas, dos brazos y una gran cabeza que empezaban a arruinar el delicado equilibrio entre el dulce regato y la mansa orilla, pisoteando con sus grandes pies la tierna hierba que crecía bañada por las amorosas aguas del pequeño riachuelo.
Este pequeño continuaba descendiendo y aumentando la corriente hasta convertirse en un caudaloso río que seguía amando sus orillas, a las que enviaba oleadas de amor con suaves ondas.
Los que antes trataban de molestar al pequeño regato ahora eran presas de su caudal y no volverían a mancillar sus adoradas y amadas orillas.
M. D. Álvarez
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