Entonces, algo cambió. El hombre comenzó a brillar intensamente, como si estuviera hecho de pura energía. La joven retrocedió, asombrada. ¿Era un ser humano o algo más?
—¿Qué eres? —preguntó ella, temblando.
Él abrió los ojos, y su mirada la atravesó.
—Soy el equilibrio —dijo—. La unión de la luz y la oscuridad. Mi existencia es efímera, pero necesaria.
La joven sintió una oleada de emociones contradictorias: miedo, admiración, curiosidad. ¿Cómo podía comprenderlo todo en ese instante?
—¿Por qué estás aquí? —susurró.
El hombre sonrió, y su forma comenzó a desvanecerse, como si se fundiera con el aire.
—Para recordarte que todo en este mundo está conectado —respondió—. Que cada amanecer y cada anochecer son parte de un ciclo eterno. Y que tú también eres parte de esa danza cósmica.
La luz lo envolvió por completo, y la joven quedó sola en el peñasco. El sol seguía ascendiendo, pero algo había cambiado en ella. Una comprensión profunda, una sensación de pertenencia.
Miró al horizonte y sonrió. Tal vez, solo tal vez, había tocado el misterio del equilibrio.
M. D. Álvarez
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