El ave lo miraba con cara de desconcierto, como preguntándose qué hace este loco saltando por un barranco y sin paracaídas.
Nuestro protagonista se había lanzado al vacío para rescatar a su bebita que había sido arrojada por los salvajes que se la habían arrebatado a su madre de entre sus brazos.
Ella le suplicó que rescatara a su pequeña. Rápido como un leopardo, se lanzó a la carrera detrás de su pequeña, la cogió entre sus brazos. La pequeña sonrió cuando levantó la cabezita.
Él nunca dejaría de protegerla. Ahora tocaba aterrizar, giró su cuerpo y cayó de pie sin ningún rasguño.
Tocaba la ascensión del precipicio. Él estaba preocupado por su pareja, así que colocó a la pequeña en el sujetabebés que llevaba a la espalda y comenzó a trepar hábilmente por la escarpada pared hasta que llegó arriba.
Ella era de armas tomar, había reducido a dos de tres; el tercero estaba a punto de forzarla, pero él llegó a tiempo y lo agarró del cabello, arrojándolo a unos 20 metros.
¿Estás bien? preguntó preocupado.
¿Y la pequeña? preguntó ella, visiblemente asustada, le cambió la cara al ver su cabecita asomar sobre el hombro de su padre.
"Aquí la tienes", se la entregó con mimo.
El otro asaltante se había levantado y se acercaba amenazante. No sabía con quién se estaba metiendo; al llegar a su altura, él se giró y le asestó un puñetazo directo al hígado que lo dejó KO.
"Si te vuelvo a ver a ti o a tus amigos rondando cerca de mi mujer e hija, no seré tan comedido", dijo al oído del maleante.
La pequeña sonreía a su madre, que la colmaba de besos, y en cuanto vio a su padre acercarse, soltó la sonrisa más tierna; los adoraba a ambos.
M. D. Álvarez
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