Lo quería para ella sola, ninguna otra tenía derecho a tocarlo. Él había nacido especialmente para amarla con pasión y ternura.
Nadie se interpondría entre ella y su adorado compañero. Aquella cálida noche él se presentó en una casa sin saber por qué, pero algo lo había atraído hasta allí.
Ella lo invitó a pasar, cenaron, hablaron de lo divino y lo humano; después él se despidió cortésmente y le prometió que la llamaría.
Continuará...
M. D. Álvarez
No hay comentarios:
Publicar un comentario